A pesar de todo y aunque me cueste decirlo, él es igual que una vela.
Una vez alumbró mi habitación, cada rincón que conocía, mi vida entera, no importaba si estaba muy oscuro o muy frío porque él estaba ahí para darme calor. Poco después, como si fuese un niño pequeño y sin conocimiento, atraído por el fuego, me quise acercar a ti, tocarte, quedarme prendada de tu luz, tanto que me acabé quemando.
Y un día, sin previo aviso, tu luz empezó a titilar , comenzaste a no tener fuerzas, y esa llamita acabó extinguiéndose.
Ya no me acordaba de la luz que desprendías, ni del calor que me dabas. De nuevo, todo estaba oscuro y solitario y el único recuerdo que me quedaba, era la llaga en mi mano, de haberme quemado.
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